Hay imágenes, palabras, gestos, que por algún motivo se quedan grabados en nuestra memoria, encienden en nosotros una luz, una chispa que nos ilumina; quedan marcadas a fuego en nuestro cerebro, prontas a despertarse en cualquier momento.
La imagen que ahora acude implacable a mis mientes es una fotografía del gran escritor Fernando Pessoa, confundido, anónimo, en medio de las calles de la Lisboa de principios del siglo XX, con un sombrero de copa, usando lentes y luciendo un tupido bigote. Se encuentra absorbido por la muchedumbre, ajeno a cuanto y a cuantos le rodean, indiferente a todo, con una mezcla de resignación, de abulia y de desprecio que se dibuja en su rostro atormentado. Terminé asimilando esa imagen como propia, aún a riesgo de incurrir en un acto de soberbia, pues sé que no soy quién para compararme con el genio portugués. Por otra parte, en las fotografías a que hago referencia aparece el escritor absorbido en medio de otras gentes en lugares concurridos, presa de un intenso vacío interno, mientras que mis paseos se producen en medio de un silencio que en ocasiones es absoluto, debido a la soledad que me ampara.
La semejanza se debe a la propia soledad, a la profunda soledad, a ese sentimiento de desamparo que caracteriza al protagonista de El libro del desasosiego, novela en realidad autobiográfica, de una exquisitez de estilo y de vocabulario y de una riqueza de pensamiento envidiables. Es una de las obras que me han marcado, por sentirla un espejo de mí mismo, junto a El hombre rebelde de Camus y Memorias del subsuelo, de Dostoievski.
Me atenaza mientras paseo por las mismas calles todos los días, cada vez más hastiado, más cansado. Es una zozobra del alma, una herida punzante, y por ello más dolorosa, que hace que me falte el aire; que busque recluirme en mi cuarto y abismarme en el silencio, incapaz de articular palabra, queriendo acallar mi propia voz. Apago el interruptor de mi recámara y me quedo en la penumbra, en las eternas tinieblas que siempre han poblado mi vida, mientras, agotado, sin energías siquiera para coger un libro, para escribir unas tristes líneas, encojo las piernas contra el cuerpo, cruzo un brazo a lo largo del pecho y llevo el otro a mi nuca para, con lágrimas contenidas, volver a recluirme en mis pensamientos, atacado por nuevos arrebatos de nostalgia. Recuerdo fragmentos de un poema de Sabines que aún no he logrado aprenderme, junto a una música melancólica que lo acompaña. Suena en mi mente mientras yazgo postrado en mi lecho, desesperanzado, con mi imagen de Bernardo Soares.
JAVIER GARCÍA SÁNCHEZ
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