Fue tu pulsión, de ávida pianista,
la derribada cárcel de mis hierros;
tu tacto puso en claro oscuros yerros
y fue el azúcar de la dura arista.
El ocaso pasaba amarga lista
y se vaciaba de dolidos perros
cuando tú prolongabas por mis cerros
tu callada ascensión, tu escoplo artista.
Vibró bajo tus olas deseantes
mi ser, como una playa acariciada
por espumas de rojos estertores...
¡Búscame, Amor, con yemas incesantes,
que yo tendré por siempre preparada
una piel para ti llena de flores!
RAFAEL SIMARRO SÁNCHEZ -Ciudad Real-
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