Siempre hábil navegante solitario
en la amplia vastedad del mar;
sempiterno corredor de fondo
en la larga carrera de la vida.
Y sin esperarte, amaneciste tú,
para calar en mí hasta lo más hondo
y como suave brisa vespertina de mar
mis raídas velas supiste henchir .
Te convertiste en la gaviota compañera
que en mi palo más alto se posó,
señalando a mi proa la dirección
de la tierra tanta veces soñada.
Como un naufrago embarranqué en tus arenas,
embadurnándome de tu agua y tu sal;
tu claridad abrió mis ojos al nuevo día
y mi hoy empezó a despuntar.
Me sabes envolver con tu gracia;
desnudas con tus dedos sin pudor mi soledad,
llenas cada uno de mis rincones de blanca claridad
y haces latir al mismo son a nuestros corazones.
Hemos sido en ocasiones, olas de mar;
alejándonos de la arena por un instante, sin sollozar,
pues después, tomamos carrerilla y con más fuerza,
retornamos a la arena y nos volvemos a abrazar.
El tiempo ha ido pasando
y en el océano, tesoros seguimos buscando
con este navío que tornó tan hábil y marinero
que, juntos, construimos con tiempo, paciencia y esmero.
Y ya ves, compañera, el azar te dejó a mi vera
y aunque ya las primeras canas asoman,
el sol sigue entrando a raudales por nuestra ventana,
cada amanecer, como si fuera la primera mañana…
Isidoro Giménez
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