jueves, 21 de enero de 2021

VOCE INTERIORES COMO ECOS

 

Ella fue determinante cuando él fue invitado a ocupar un cargo directivo en la institución; sin su criterio favorable hubiera sido casi imposible ser elegido. Y es que el poder en el día a día institucional lo ostentaba de manera directa, inmediata, ella, la Secretaria Ejecutiva; no los Subdirectores, y, desde luego, menos el Administrador o los Directores de las Áreas o la Secretaria de la Dirección. En cuanto a la Directora, mujer íntegra, poderosa dentro y fuera, poseía una trayectoria de excepción y ejercía su autoridad con experiencia. La Directora, trazaba con determinación las líneas generales y devenía consultada por su equipo respecto a lo esencial o significativo, aunque la vía para consultarla pasaba por la Secretaria Ejecutiva; y, cierto, al tener otras altas responsabilidades, la Directora no siempre podía ir a la sede ni resultaba demasiado accesible.

La Secretaria Ejecutiva era una mujer en los límites de la corrección, dura y a ratos con ciertas brusquedades, y muy crítica en cuanto al cumplimiento de las normas y de los comportamientos, así como exigente en cuanto a los requerimientos de la imagen pública. Resultaba temida y temidos sus comentarios: tajantes, por afilados y también por certeros.

Él, que, al aceptar la invitación a integrarse a la institución, devino Director de una de las Áreas y colaborador principal de otra, y poco a poco adjunto a la Dirección, más temprano que tarde fue objeto de aquellos comentarios analíticos y cortantes por parte de la Secretaria Ejecutiva: mujer diminuta y austera, no sin un cierto atractivo, cuando menos para él. Presencias críticas frecuentes las de ella que a él terminaron trazándole unos, y llevándolo a modificar otros, rumbos. 

Como ejemplos, el que una mañana lo llamó y le dijo: “Debe y tiene usted que revisar sus acciones y elegir. Uno elige a cada paso. Se está obligado a elegir. Ser parte de esta institución requiere no instrumentar determinadas participaciones o presencias dentro, y prescindir de otras fuera. Reduzca las proyecciones de su perfil, intégrelo al máximo a lo colectivo.” Y él, que no había sido inadecuado ni excesivo, y que no era nada dócil, intentó acatar la indicación. Otra mañana lo encontró en el ascensor sin rasurar y le dijo: “En esta institución los hombres: o vienen rasurados o se dejan barba.” Y él, que tendía a ser rebelde, se dejó la barba por años. Otra mañana al cruzarse en un pasillo le dijo: “¿Camisas tan llamativas son las que se compra?”, refiriéndose a una camisa vaquera, blanca, azul y naranja, con botones de nácar que él se había comprado en una rebaja. La respuesta de él, cortante, fue: “El sueldo no me da para mucho más”, pero no volvió a ponerse la camisa para ir a la oficina. Hubo otros señalamientos, no tantos porque él se volvió más analítico y cuidadoso, además de desplegar continuamente sus capacidades de calidad y cantidad al trabajar.

Un día, de pronto, la Secretaria Ejecutiva no estuvo más en la institución. Le descubrieron un voluminoso tumor en el cerebro, del tamaño de un limón, y de urgencia la operaron. Sobrevivió a la operación, pero en la institución explicaron que no podía volver a desempeñar trabajos que le ocasionaran tensiones, y, por tanto, ya no ostentaría cargos ni responsabilidades algunas. A él no se le permitió visitarla en el hospital. La explicación fue que por su estado las visitas se hallaban limitadas.

A él lo asombró el que en la institución nunca más se habló de la Secretaria Ejecutiva. No solo como si no existiera, sino como si nunca hubiera existido, ni existido su poder. Un poder que fue repartido, de inmediato, sin pugnas visibles, entre los Subdirectores, y, en mínimos, entre el resto de los miembros del Consejo de Dirección. 

Pasaron más de diez años y un día él a ella la encontró por casualidad en la calle. Se saludaron respondiendo a un impulso y tras un segundo de desconcierto.

Entonces él se lo dijo:

–No me permitieron ir al hospital tras la operación. Lo sentí mucho. Quiero agradecerle todo lo que aprendí. Los modos en que me influyó. Nunca nos tratamos de tú. Le ruego me lo permita hoy por unos segundos. Quiero que sepas… Quiero agradecerte los modos en que me influiste. A ratos estuve fascinado contigo. Y quiero expresarte mi admiración. Manifestarte, quiero manifestarle mi afecto.

El asombro de ella, su emoción, fueron visibles.

Una mujer sin sus muros, desprotegida y vulnerable, privada de autoridad y de poder, confortada por unas palabras.

Él recordó unos versos suyos: No he muerto / porque no soy de silencios desolados / sino de palabras fervientes.

Alrededor la ciudad desapareció y desaparecieron sus ruidos, y quedaron ellos dos, sus voces interiores repitiendo las palabras compartidas, en ese momento y antes, como ecos.

Del libro Realidades y cuentos de FRANCISCO GARZÓN CÉSPEDES

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