(Soliloquio hiperbrevísimo de adulto, hombre o mujer con vestuario normal y en espacio cerrado, dicho a cámara. Intenciones, recursos de la voz, mímicas y corporalidades en general dependerán de lo que se dice, de lo que expresa la verbalidad.)
Tal vez soy una desolación. Estoy muy… Me extraña. Me extrañaría. Sería magnificar. Y en todo caso, de necesitarlo: ¿A quién podría decirlo? ¿O quizás me equivoco? Sé que importo. Existen quien y quienes me quieren. Pero tal vez unos no desearían o podrían soportar el escucharme y otros creerían que ya tienen demasiado con sus propias desolaciones o con el no ser escuchados. (Pausa.) Tal vez es así como es el mundo contemporáneo. O puede que así es desde siempre; que, confío y proclamo, no para siempre.
¿Alcanzo a controlar mi posible desolación? Desolación no es desesperación, son sentimientos, emociones diferentes. (Pausa.) ¡Ah, mis rebeldías del sentir y los mejoramientos! Controlo todo y respondo por la totalidad. Obedezco a mis principios de responsabilidades. Principios que sobreviven. (Pausa.) Hallaré más sentidos al tiempo. En realidad, lo sé: el tiempo no existe. Solo existe el instante. Y uno puede controlar el instante. No permitir que gima el gato que maúlla en su conciencia. ¡No! No permitir que gima el león o grillo de su corazón. (Pausa.) Sí, solo existe el instante. Puedo, podemos, reflotar el instante y sonreír. Lo mejor y lo peor es uno mismo, nosotros. Por eso hay que tener una previsión de daños. Incluso puedo, podemos no atrevernos a un gemido sino atrevernos a esta carcajada…
Del libro Espumas de lucer de FRANCISCO GARZÓN CÉSPEDES
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