Ruidos de platos.
Una fila de personas.
HOMBRE:
(Al público asistente.) Me muero de hambre. Soy algo tímido. Estoy aquí porque no soy capaz de entrar en una panadería cuando el olor a pan es insoportable para mi estómago y pedir, por favor, un currusco. Sé que me lo darían, no hay más que verme para darse cuenta de que no paso de los 30 kilos, a no ser que me tomen por corre-dor de maratones. Pero yo soy una persona con dignidad y eso me obliga a recibir solo lo que me merezco. Entrar en una panadería para que una desasosegada dependienta me dé por caridad una barra de pan no sería algo me-recido. Además, soy extranjero y no me expreso con elocuencia. No hay más que oírme. Por eso acudí a urgencias, para que me diagnosticaran ‘hambre’ y con un papel que me avalara poder atravesar las puertas de cualquier esta-blecimiento para pedir honradamente, y con la cabeza bien alta, algo de comer. Pero en urgencias me dijeron que estaba bien y que la neumonía que padecía seguramente estaba asociada a la debilidad que tengo y que esta debi-lidad la curaría mejor en casita que en un hospital. Por eso, arrastrándome y encogido de dolor, busqué a toda prisa un comedor social. El más cercano, me dijeron, está unos diez kilómetros. No importa, lo lograré, me dije. Y aquí estoy.
El hombre se derrumba.
HOMBRE:
¿Cuánto falta para que se abran las puertas?
El hombre sueña con ese penetrante olor a pan que le persigue a todas horas y que ahora se mete en sus papilas hasta segregar tanta saliva que casi se ahoga antes de morir.
La dignidad de nada sirve, piensa, y son estas sus últimas e inaudibles palabras.
Se abren unas puertas. Una larga fila de personas entra por ellas.
Julio Fernández Peláez -Zamora/Vigo-
Publicado en Los Cuadernos de las Gaviotas
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