Un rey necesita súbditos, y genuflexiones, y alabanzas inmerecidas, y privilegios, y aplausos de magnates, tiranos, aristócratas o exiliados de sangre azul. También necesita de políticos sinvergüenzas ajenos a las necesidades del pueblo, amigos de la caza, toreros, intelectuales de medio pelo o de ninguna ética, meapilas, mentecatos, gente simple que no ve más allá de sus narices, un clero vilipendiador de libertades y adorador de inquisiciones pasadas y presentes, una justicia de ojos cerrados según quién sea el acusado, un buen coto de caza, una mansión en la montaña, o en la playa, una holgada cuenta bancaria, un aparato propagandístico que ejerza la censura, unas masas aborregadas, y un sinfín de despropósitos que lo cubran todo con la vitola de “legal”. Eso es lo que necesita una monarquía.
Una democracia solo requiere de un pueblo libre que decida en cada momento lo que quiere ser, a quién quiere como jefe de estado, y a dónde desea ir.
¿Es tan difícil la elección? Pues parece ser que al bipartidismo, y a sus adláteres no les interesa preguntar el pueblo. Para eso está la sacrosanta constitución, pergeñada en una situación política donde oponerse a la monarquía significaba quedar fuera del sistema –cuando no la continuación de la persecución política franquista-.
El que quiera hacer genuflexiones, que las haga en la intimidad de su domicilio, y el que desee ver coronas, coronados, altezas y demás simplezas heredadas de la edad media, que bucee en los libros de historia… Como bien dijo Manuel Azaña, presidente de la República, que equiparaba en sus discursos la Libertad con la propia existencia de la república: “La libertad no hace más felices a los hombres, los hace sencillamente hombres”.
Pues eso, ¿abogamos por la libertad, en su sentido más amplio, o asumimos como corderos el mantenimiento de una institución obsoleta que el pueblo no ha elegido? ¿Seremos hombres libres o, simplemente, súbditos al arbitrio de los poderosos?
Francisco J. Segovia -Granada-
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