jueves, 19 de junio de 2014

EL SUEÑO DEL SULTÁN


Los montes en esta época,
ajenos
al ruido de la aguanieve,
firman con sus labios blancos
los días de su dama.
Saetas de higueras,
portadas por hadas bermejas
rocían la alberca con veredas de acequias.
Se encierra caída la noche
a la orilla del río
entre termitas mirando el reloj.
De pronto, su vientre germinado
detiene un caballo
que le subía desde el pecho.
Bajo el brazo, la luz de la luna,
lente enlutada del sultán,
ni caudillo ni general.
Se asfixia con cadenas de laureles,
llora en su cementerio
la puntualidad de la nieve sobre el templo.
Por fin, descubre el cuerpo de su dama
con sus ricas vestiduras,
(la noche brilla de terciopelo y malva)
noche en vela por las cuevas de los barrancos.
No ha llegado todavía a bailar sobre el agua
pero sabe que ya no hay rezos,
salmos,
ni llamada a la oración.
La encuentra acurrucada
entre mariposas doradas,
alrededor del patio centinelas con flautas
devoran manjares entre los árboles.
Esta hora nocturna
huida de la orilla,
de su palmo de terreno,
descubre un cuerpo de rima
que ruge con ubre abierta.
La estatua recita, mientras duerme
enramada en el dulce trino de sus cuerdas,
que allá arriba una estrella
se alejó un poco de ella
mientras el sultán la besaba.
Orgullosa de su linaje
cuando cruje el ladrón
entre pájaros libres,
teniendo marido,
sube y baja de puntillas.

García de Garss

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