No hay médico que me cure
los males que yo padezco.
Nadie sanará mis penas
y ningún medicamento
se ha inventado todavía
que sane estos tormentos.
Palabras que son puñales,
y te dejan sin aliento;
miradas envenenadas
llenas de odio y desprecio
que van calando en el alma,
que van hiriendo tu cuerpo.
Sombras sin sol día a día,
velo que envuelve mi cuerpo
para no ver la verdad
que el mundo entero está viendo.
No hay goma que me permita
borrar aquellos recuerdos,
nadie sabe lo que pesa
la pena que llevo dentro,
nadie sabe lo que duelen
las heridas que me hicieron.
Pero, aunque sangre mi alma,
aunque el dolor sea intenso,
mi boca sigue sellada
y solo dice... ¡Silencio!…
Concha Mingorance (Sevilla)
Publicado en la revista Aldaba 32
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