Tiene treinta y ocho años
era camionero y casado,
hasta que dejó de serlo
por circunstancias de la vida
ajenas a su voluntad
y a la de cualquiera.
Ahora se dedica a orear sus músculos
midiendo las fuerzas conseguidas
a base de volantazos
y de gimnasio en gimnasio,
contra matones de discoteca.
No tiene nada que perder,
nadie le espera en casa,
sabe que la ley de la calle
es implacable y que las derrotas
restañarán sus heridas.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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