-El chocolate me calma -dice Paula con los ojos rojos. Mario asiente y bebe de su taza.
-De verdad, estoy mejor -ella necesita enfatizar la mejora que no se advierte en su rostro. Mario reitera su asentimiento. Ella renuncia a insistir sobre el punto, va hacia la ventana. Mira la tarde grisácea, las casas bajas y, más allá, el campo. Mario tiene el impulso de acercarse pero lo reprime.
-Mañana vuelvo al trabajo -ella no espera una respuesta, está elaborando una lista de cosas por hacer-. Se lo voy a contar a mamá, por supuesto, pero mañana, hoy quiero descansar.
-¿No vas a llamar a tus amigas para que te acompañen esta noche?
-¿Para qué estás vos? -sonríe. Es su último esfuerzo antes de desparramarse en el sillón. Coloca las piernas sobre el brazo del asiento, bebe el resto de chocolate.
Mario no ha respondido.
-¿No piensas quedarte a pasar la noche conmigo?
-No sé si conviene, Paula. Creo que estarías mejor con una amiga.
-¿No eras tú el de los discursos de la amistad entre el hombre y la mujer? ¿Para qué existe esa amistad si no podemos pasar la noche en una misma cama, como si fuéramos dos amigas?
-No es por mí, Paula -sabe que miente pero se empeña en negarlo, en encontrar una razón plausible para su renuencia a dormir con ella-. Sabes cómo son todos por aquí, empezando por tus vecinos. Linda vas a quedar…
-¿Perdón? ¿Un hijo de puta se va con otra y está mal que pase la noche con un macho?
Mario se sonroja. Ella abandona el sillón y se sienta frente a él, a la mesa.
-Eres tú, mi amigo del alma, pero podría estar con un macho. ¿O no?, ¿o no tengo derecho?
-No eres de esas, Paula.
-A ver, ¿de cuáles no soy?
-De esas ligeritas que saltan de un macho a otro, sin fijarse en los sentimientos.
-Ahora eres el guardián de la moral.
-No insistas, sabes que tengo razón. Llama a alguna de las chicas.
Ella abandona la silla y camina hacia el interior del departamento. Él se pone de pie, toma el lugar junto a la ventana. A él tampoco le da respuestas el paisaje.
Oscurece. Ella no vuelve. Él deja la taza sobre la mesa y se dirige al pasillo. La puerta del dormitorio está abierta. Duda.
-Paula, no es necesario que discutamos.
Ella no responde. Mario da unos golpecillos a la pared con sus nudillos.
Avanza hacia la puerta del dormitorio, se frena; Paula está desnuda sobre la cama.
Mario baja los ojos, se da vuelta y retrocede.
-¿Qué pasa?, ¿te doy miedo? -los gritos de Paula llegan con facilidad al comedor. Mario recoge su chaqueta y abandona el departamento. Paula siente el ruido de la puerta; salta de la cama, corre hacia ella. Sale al vestíbulo del piso; oye el ruido de los pasos en la escalera. Se asoma por sobre la baranda.
-¿Y nuestra amistad?
Mario gira, sorprendido. Está asomada, sus tetas cuelgan hacia abajo. El hombre se asusta. ¿Debe subir y tratar de calmarla o eso la sacará de quicio? ¿Y si se marcha y ella lo sigue, saliendo desnuda a la vereda? Ambos quedan detenidos, observándose. Suena el teléfono en el departamento. Dos, tres veces.
Paula se rinde; ensaya un gesto de desprecio, se aferra una vez más a la baranda.
Ante el cuarto timbrazo, regresa al interior de su hogar. Mario aprovecha y escapa.
Hace frío. Mario se sube el cuello de la campera y se aleja, sintiendo que Paula está mirándolo, desnuda en la ventana. Acelera el paso, la duda lo altera; ¿habrá un mañana o acaba de perder la oportunidad?
Paula cierra la cortina cuando él dobla la esquina. Camina con lentitud hacia el dormitorio. Se viste sin pensar en ello, su mente está ocupada en determinar si sigue teniendo un amigo.
Juan Pablo Goñi Capurro (Buenos Aires, Argentina)
Publicado en la revista Aldaba 31
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