Me temblaban las manos al hurgar en el bolsillo del pantalón del tipo. Lo que quería encontrar era eso: una pista. No sentía ni vergüenza, ni remordimiento. No. Solo una gran curiosidad. No concibo la seducción como un acto menor. Claro, que un seductor, con esas palabras, con esas miradas típicas es una presa fácil de detectar. Y él era un seductor. Realmente estar sin ellos es como vivir sin aire. Ábranme la puerta, por favor, que quiero vivir, y yo estaba encadenada nomás. Ahora a la distancia parece todo tan fácil, tan resuelto, pero tampoco lo era. Disfruto de mi costado de chica mala, de perra. La mujer perra, qué frase ridícula. No puedo negar que mucha gente de la boca para afuera es una cosa y de la boca para adentro mastica el rosario. Siempre siento un levísimo placer pero intenso en encontrar qué es lo que ocultan estos hombres detrás de la mascara que se les cae una vez que se cogieron a la mina que se dejo seducir. Sí, al final encontré algo. Justamente un rosario.
–Interesante, hermosa, interesante –dijo él.
Sin responder sentí cómo me agarraba del cabello y me desabotonaba los botones de la camisa. Supe que me iba a perder otra vez en sus dedos. Nuestras lenguas se encontraron. Terminó de sacarme el corpiño y tenía los pezones erectos como botones. Me besaba toda la espalda y al moverme notaba su piel ardiente contra la mía. Yo ya estaba húmeda para recibirlo. Quería que me penetrara otra vez, muy tibio, muy caliente en mí. Oh, sí, nuestro movimiento ancestral, cadencioso, caliente, el contacto con su boca, un grito casi afónico, mío, a contrapelo, él, animal. Sigue moviéndose mientras mi cabeza lentamente se hace a la idea, como una lamparita, de que el tipo es casado o comprometido.
Marisa Noemí González -Argentina-
Publicado en Suplemento de Realidades y Ficciones 61
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