Yo también al igual que tú fui ignorado,
los dos corrimos con la misma suerte, tú ya muerto,
yo desde el otro lado del puente cantando la canción del ahorcado.
Los dos corrimos con la misma suerte
que es semejante a los hundimientos,
y no hay conformidad de pacto ni glorias en torno
sólo un gran muro de cenizas,
donde recuestan la cabeza los sedientos,
una cruz pesada que apuntala el cielo.
Pasa un pájaro de plomo junto al fuego
y se eleva contra todo pronóstico contra toda caída.
Yo también como tú sufrí de esa extraña incomprensión
de quienes no quisieron oír las palabras del escriba,
las palabras de cal y azufre el bocadito de la tertulia
en la mesa ilustre, la sonrisa a medias y cada mirada
que a pedradas acribilla.
Yo también padecí del encierro y las noches en vela,
las cuatro paredes de ladrillo donde escribí infinitas veces
mi nombre para no olvidar que existía,
los libros a punto de ser publicados echados a la hoguera,
sacados a patadas de la mesa de aquellos que como bien dijiste
nunca le habían escrito ni un epitafio a un muerto,
a un muerto como tú de quien nadie tiene ya memoria.
Yo también lejos ahora del suplicio de los favores y las plagas,
del tipo que es amigo de todos y enemigo de todos,
de los falsos poetas de eventos quienes nunca oyeron tu canción,
también como tú y como otros que sólo pudieron echar al agua
un inconcluso barco de papel que fue bombardeado
por temor a su invicto arribo a puerto.
Pero nada tengo al fin y al cabo tengo que agradecer,
salvo esta risa reconfortante a la cara del mendrugo,
lo que tuve nada fue, y esa es mi mejor gratitud,
el pacto conmigo.
Del libro inédito Los Breves Días Eternos de
Claudio Lahaba
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