Vagaba sabiéndose al filo de la esperanza, porque tener esperanza podía significar volver a ser destruida, miedo le daba de mirarse en los espejos, espejos chivatos traductores de la sonrisa de sus propios labios.
Vagaba como un alma envuelta en un áureo blanco,
en cualquier momento un manto negro podía caerle encima,
lloraría en tonos violáceos y suspiraría lágrimas secas,
lo sabía y sim embargo se iba rindiendo poco a poco a la esperanza nueva.
Corrió a borrar esa cierta sonrisa, con gel estéril y cepillo de cuerdas de latas.
Nada quitaba la sonrisa, abrió mucho sus ojos, frente al espejo y pidió no volver a los infiernos, lo grito y lo proclamo, así pensaba llevar su voz en alto, de pronto se dio cuenta de la inmensidad del frío invierno de la vida y apostó por todo ello aun consciente de poder perderse a sí misma, eligió seguir teniendo esperanza.
Tras ella caminaban los recuerdos danzando locas piruetas, iban mezclados los buenos con los malos, esperando encontrar una rendija a modo de resbalín para aporrear su cerebro, la perseguían ágiles y punzantes, etéreos y soberbios, malditos siempre.
Seguía sin escribirse el capítulo final de su vida, seguía sin resignarse a perder para siempre, demasiadas noches en velas ojeando a Peter Pan.
Nuria González Carrillo
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