domingo, 8 de junio de 2014

LA INSÓLITA MUERTE DE LUIS VALERO


La trágica y extraña historia de Luis Valero, un destacado químico peruano, me interesa particularmente pues solía verlo muy seguido por aquella época, aunque yo solo tenía siete años.
Durante sus últimos meses de vida se abocó a insólitos experimentos. Sus coetáneos se burlaban de él y lo habían despedido de cierta universidad conocida, pero a Luis no le importaba, nunca dejó de pregonar que había descubierto una sustancia que facilitaba la transmutación de los organismos.
Cierto día, se me acercó cuando yo jugaba en el columpio de un parque, me dijo que me cuidaba desde hacía una hora. Le respondí que yo no le había visto. Me dijo que se había transformado en un árbol. Me comentó que podía convertirse en lo que fuese, animal, vegetal o mineral, aunque por un periodo limitado de tiempo, unos sesenta minutos. Nunca le creí. Mi madre, dueña de la casa donde él se hospedaba, decía a las vecinas que Valero salía a la calle y no regresaba hasta la madrugada, y que siempre lo hacía sobrio, con una inquietante sonrisa en el rostro. A veces, a la hora del desayuno, él se me aproximaba y me contaba que se había transformado en un lobo, en una roca, en un arbusto, en un automóvil, y que había vivido un
sinnúmero de aventuras. A pesar de mi corta edad, no me impresionaba, sabía que bromeaba pues sus narraciones hablaban de hechos imposibles y mis padres me habían criado en un ambiente donde la razón primaba. Eso no impedía que sintiera un especial afecto hacia aquel inteligente y curioso sujeto. Su fallecimiento me consternó, no tanto por el hecho sino por las circunstancias. Fue mi padre quien lo asesinó, y pagó eso con la cárcel. Los argumentos de mi progenitor aún no se han borrado de mi memoria: este
limpiaba el piso superior y vio a un insecto del tamaño de un perro, oscuro, viscoso, parlante. Mi papá solo atinó a matarlo a golpe de escoba, luego salió a la calle pidiendo ayuda. Cuando la policía llegó, encontró un cuerpo humano; se trataba de Luis Valero. Han pasado veinticuatro años desde aquello, he regresado a la habitación clausurada de mi antiguo hogar en busca de los manuscritos de dicho personaje. Pienso en qué haré una vez que ubique su secreto. ¿En qué me convertiré? ¡En un ave! Sí, en un ave.

Carlos Enrique Saldivar -Perú-
Publicado en la revista digital Minatura 125

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