Entre la transparencia y el azul,
tejiendo las sílabas íntimas del tiempo
y la respiración secreta de la lluvia.
Perfil de ciervo y taller de espejos,
esa ebriedad que alimenta la tristeza
con el color violáceo de la seda
y la suave ceniza del recuerdo.
Y si regresa el dolor regresa como un soplo
y roza la raíz oblicua del fuego,
la fiebre retardada de la noche.
País de lenta soledad y de doble ternura,
la brisa trae un astro húmedo
y suena el timbre desolado de la eternidad.
Viejas y onduladas razones
para sentir el vidrio del otoño en la sangre,
para medir la estación de la nostalgia.
Como el despertar del cuerpo
entre la sombra y la sorpresa,
como un imán que atrae la luz de los sueños.
He ahí la fábrica de una lámina que tiembla
al contacto con la piel,
un abismo en marcha
que precipita la dulzura da las lágrimas.
He ahí el instante que repasa el ritmo intocable del asombro,
la voz que se alza en su quemazón de rocío.
Formas para que se incruste blanquísimo el silencio,
para que la arcilla reciba el sabor extremo de los gemidos,
el aliento y sus laberintos
que duelen ávidos de nacimiento y de llama.
Va penetrando la niebla una estrofa desgajada
por la melancolía,
y se derrite un río de soledad que canta,
madre profunda llorando en la miel oscura de la ausencia.
La vida,
que se detiene aquí
cuando la melodía pulveriza
el crepúsculo.
Del libro Dicionario do estremecemento de
MIGUEL ANXO FERNÁN-VELLO -Vigo-
Publicado en la REVISTA ÁGORA DIGITAL 3
No hay comentarios:
Publicar un comentario