(…) Tardé unos segundos, que me parecieron minutos, en recomponerme. Tenía que pensar rápido, pero el oxígeno escaseaba. Ante la pura desesperación del momento, una fuerza desconocida por mi tomó el control de mi mente. Mi mano izquierda rastreó el suelo en busca de cualquier cosa que pudiese servirme para deshacerme de la presión. Un tronco medio seco de unos treinta centímetros se encontró con mi agobiada mano. Tenía que apresurarme antes de que el ahogo me produjese una debilidad que no me permitiese siquiera levantarlo. Recordé un segundo a mi madre, rogándole que me diese fuerza desde el cielo, pues un error sería el camino directo a la muerte. Utilicé mis últimas fuerzas lanzando el puño que sostenía aferrado hacia la posición en la que intuía que se podría encontrar él. Un grito de animal herido me dejó su aliento en el mismo cuello donde antes reposaban sus manos. Liberada no podía pensar en otra cosa que no fuese salir corriendo sin rumbo definido. A pesar de haberle herido, escuchaba sus dolorosos gemidos no muy lejanos. Tan solo le había herido, no tenía la certeza de en qué posición me dejaba eso. “la bestia” no estaba muerta, tan solo mucho más enfadado que hacía unos momentos, clamando venganza a cada maldito paso que lograba dar. Me desorienté en mi loca carrera hacia la seguridad de la lejanía. Llegó un momento en que cada uno de los árboles que me rodeaban parecía decirme que era mi final, triste tras darme cuenta de que nadie había luchado por saber que me había ocurrido. Traté de volver al camino correcto pero todos me parecían iguales. Me sentía terriblemente estúpida por perder la ventaja de una manera tan tonta. Lagrimas heladas cruzaban mi rostro sin saber si eran de miedo o de impotencia. Los latidos de mi propio corazón se me hacían molestos. Una luz cegadora se interpuso en la trayectoria de mis doloridos ojos, cegándome. Quizás ya estaba muerta. Tal vez era hora de descansar. Una mano se posó en mi hombro, sin presionarme. Me aparté instintivamente.
- Cariño, no te asustes- Esa voz era la misma que me había susurrado una magnifica pedida de mano, por su sencillez y honestidad.
Definitivamente estaba muerta. Más gente se unió a la dulce voz que siempre me devolvía la vida. Me aferré a ella mientras seguía posada en mi hombro. Tiraban de ella, pero yo me negué a soltarla. La luz se volvió más tenue, los rostros se fueron perfilando. No podía estar muerta y tener al amor de mi vida frente a mí. Sus cansados ojos me impregnaron de seguridad. Ya no volvió a separarse de mí. Varios policías pasaron con una camilla totalmente tapada ante mí, pero necesitaba verlo con mis propios ojos. Destapé a “la bestia”, sobre todo para asegurarme de que estaba muerto. Desde aquel día me duermo bajo la dulce mirada de mi ya marido, sintiéndome bendecida por la fortaleza que creo que todos llevamos dentro.
ANNA LAFONT
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