lunes, 23 de junio de 2014
BIBARRIAL
No desconozco al barrio que era mío,
él me desconoce a mí.
Como amantes que el tiempo desdibuja
en la pesada niebla de los años
y sólo reconocen instantes de alegría
y desazones compartidas,
así mi corazón deambula por sus calles
nombrando esquinas, convocando fantasmas,
hilvanando ausencias de padre y madre,
de amigos que fueron
y muchachas de zaguán a hurtadillas
que hoy sólo son recuerdos del olvido.
Entiendo que es ayer este silencio
que hormiguea de voces y sonidos
cuando entro a calles sin mi historia
donde ahora otros laten su vivencia,
y asumo mi autoexilio.
Porque me fui como se fueron tantos
a crecer porteñidad en otros barrios;
hago la salvedad: vuelvo
con una asiduidad más de lo aconsejable
lastrado con pesados entonces,
todos los aquí había, todos los aquí estaba,
a caminar por un Boedo que es
llevado de la mano por un Boedo que fue,
como un juego secreto, peligroso, ladino.
Tiene razón en no reconocerme
porque vuelvo nostalgia sin hablar de regreso.
Para Boedo soy otro:
alguien que lo ama hasta mellarse el alma,
que le debe su infancia
y los rebeldes gritos de la pubertad;
el que se nutrió con su historia de luchas
y que lo reivindica como patria del sur.
Y punto.
No hay nada más que hablar.
Llegó entonces la hora de asumirme
mirando el plano de la realidad:
cinco monedas más y cincuenta años Coghlan
es más que media vida. A decir verdad,
mi sitio desde casi medio siglo ya.
Sin desesperos ni contradicciones
me sé ahora de ambos barrios.
Siento que estoy en paz.
Y cuando juegue y pierda la última parada
me iré porteño honoris causa—ya lo dije una vez—
feliz de haber estado, y sin chistar;
en Coghlan —si se cuadra—, cerraré mi presente.
En Boedo —sin dudarlo—, moriré hacia atrás.
Del libro Cielo de Coghlan de RUBÉN DERLIS
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