Escucho la canción del aguacero
llamando a las ventanas, el bramido
del viento en el tejado, y el silbido
del mirlo blanco al borde del alero.
Ésta es mi música, y algún bolero
que sepa hablarme de dolor y olvido,
más el viejo Beethoven, elegido
como el inseparable compañero.
El resto es griterío y estridencia,
voz inarticulada, o elocuencia
que ni hechiza, convence o entretiene.
Por eso, al dialogar, lo hago conmigo,
con mi ser interior, único amigo
que me habla en la quietud que me conviene.
FRANCISCO ÁLVAREZ HIDALGO -Los Ángeles-
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