Y me miré las manos y he notado
la huella de caricias repetidas.
Por los años la piel envejecida
acusa, aquí y allá, tiempo pasado.
Y me miré las manos y he pensado
que cuando van a tono con la idea
dan perfección y encanto a la tarea
en la sublimidad de lo logrado.
Y me miré las manos y he sentido
sus curvaturas y su movimiento
como afinado y prístino instrumento
que explicita la acción con su sonido.
Y me miré las manos y he palpado
cada arruga y sus líneas perfiladas.
En brumas de milenios, condensadas
encierran los ensueños apretados.
Y me miré las manos y he soñado
con un mundo mejor. Con diez perfectos,
magníficos apoyos, firmes, rectos,
¡a diestra y a siniestra acompasados!
Irene Mercedes Aguirre
Publicado en la revista Nevando en la Guinea 34
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