Solo algunos niños del pueblo, los más descerebrados o valientes, se atreven a burlarse de la vieja señora Duncan. ¿Quién es la vieja señora Duncan? Una anciana fea, sucia y desdentada, que malvive en una casucha de mala muerte junto a media docena de gatos, todos ellos igual de feos, sucios y desdentados que su propietaria. Se había granjeado cierta fama como curandera, y también las malas lenguas decían que era una bruja.
Hace varios años, durante una de esas noches en que la diosa blanca aparece suspendida sobre el cielo resplandeciendo con todo su esplendor, el joven Sinclair y cinco de sus amigos se dirigieron a la choza de la señora Duncan. No tenían malas intenciones, a lo sumo perpetrar una gamberrada de mal gusto o interrumpir el sueño de la susodicha.
Sin embargo, la broma no les iba a salir como esperaban...
No había un alma en los alrededores, ni siquiera esas criaturas nocturnas que, desde la espesura, rasgan con sus alaridos el silencio imperante. La pandilla de Sinclair no estaba segura de que la señora Duncan estuviera en casa, puesto que, a diferencia de anteriores ocasiones, no salía humo por la chimenea, ni se atisbaba el menor rastro de actividad humana o gatuna en el interior de la vivienda.
Avanzaron con cautela hasta la puerta, cada uno de ellos temeroso de que el menor ruido les hiciera quedar frente al resto como un auténtico cobarde. De repente, un maullido a sus espaldas recorrió hasta el último centímetro de su epidermis. Los chiquillos, que aún no se habían repuesto del susto, miraron atrás prácticamente al unísono, solo para toparse con la mirada verdusca de un gatito normal y corriente.
Su negro y denso pelaje solo mostraba una excepción en su uniformidad: la mancha lechosa que tenía alojada a la altura del corazón.
Fue la última cosa que vieron Sinclair y los suyos. La señora Duncan, que había surgido de la nada, tomó al minino con cuidado, colocándolo en su regazo. Tras acariciarlo, ambos regresaron al confort de su hogar dejando un denso halo de podredumbre tras de sí.
Israel Santamaría Canales (España)
Publicado en la revista digital Minatura 154
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