miércoles, 15 de febrero de 2017

LA ISLA DE LOS GATOS


No fue hasta hace cinco años después del arribo del primer “cargamento”, para enterarnos de la real dimensión del asunto… Hasta entonces, mediados del siglo XX, la pequeña isla de Fujima llegó a
contener una población cercana a los 900 habitantes. Su puerto oficiaba de capital del departamento, el más apartado de la Provincia de Oji.
Fujima se componía por una buena cantidad de caseríos y granjas, dedicadas a la agricultura. A medida que la población fue creciendo, la isla fue considerada punto importante de abastecimiento, incrementando el número de atraques. Nadie vio con malos ojos esta inusual actividad portuaria. Nadie dictó las ordenanzas necesarias. Pronto las malas prácticas higiénicas de los marinos hicieron
estragos. Entonces, sobrevino una gran invasión de ratas que asolaron graneros y tiendas. A riesgo de
generar una descomunal hambruna y la peste negra, el ayuntamiento decidió importar ingentes cantidades de gatos para erradicar el problema.
Tal fue el éxito de la cruzada que, en medio decenio, el problema estaba resuelto. Y como suele suceder con las soluciones, se consideró que los felinos ya no eran necesarios y había que deshacerse de ellos. Los gatos habían comenzado a multiplicarse y, al no haber roedores, el equilibrio ecológico se veía amenazado, lo que obligó al municipio exterminar a todos los gatos de la isla. Iniciada la
carnicería, los felinos huyeron al campo. Al escasear la comida, los gatos comenzaron a incorporar a su dieta animales y luego humanos. Así, bebés, niños y viejos, los más débiles, fueron las primeras víctimas.
Después, atacaban en furiosas camadas a cualquier humano. La policía local intentó hacer algo, pero
el escaso contingente y la falta de recursos, no logró el cometido.
Cuando los gatos comenzaron a acechar las cercanías del puerto, la población huyó despavorida. Desde entonces, la ínsula quedó a merced de los felinos. Y ahí viven todavía. Ahora los barcos la eluden y cuando éstos serpentean sus costas, se escucha un inquietante maullido transportado por
el viento. Existe una ley no escrita que prohíbe desembarcar en Fujima; aunque a veces no falta el incauto que decide visitarla. Nunca nos hemos enterado que alguien regrese.

Jaime Magnan Alabarce (Chile)

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