Aquella noche la olla de caracoles no se tapó adecuadamente. Alguien olvidó poner peso sobre la tapadera. A lo largo de la noche la levantaron, salieron y se esparcieron por toda la cocina. Tuvimos que cogerlos de uno en uno y volverlos a la olla. Hubo que darles un par de lavados más para que perdieran toda la baba antes de guisarlos. Después toda la familia disfrutó comiéndolos.
Aún recuerdo a mi tío Manuel, con una tremenda borrachera, sorberlos mientras el aceite resbalaba por su barbilla manchándole la camisa. Se acabó el plato y se quedó dormido sobre la mesa dando unos ruidosos ronquidos.
JOSÉ LUIS RUBIO
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