En un martes cualquiera,
de camino hacia
mi segundo trabajo,
las nubes amenazan tormenta.
Esperando que el tránsito,
me permita llegar a tiempo,
avanzo entre la lluvia
y a unos metros te percibo,
en el guardafangos de una camioneta.
Me lanzo a la tormenta
tras tus labios de sirena,
con el cuerpo a la deriva
y mis sueños como vela.
Y después de mucho navegar,
consigo vislumbrar
el esbozo de tus crestas.
Con tus ojos como faros,
alcanzo a encallar
en la orilla de tus piernas.
Me atrevo a imaginar
tus caderas como sendas,
que conducen sin dudar
al edén en esta tierra.
Alevosía dejarme soñar,
cuando tú no pretendías
sacarme de esta penumbra
y mucho menos de mi miseria.
Tendría que haberlo sabido
desde un principio;
al fin y al cabo
tan solo eras una sirena.
ERIC URÍAS
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