domingo, 3 de mayo de 2015

PARECE QUE DESPUNTA LA MAÑANA


–Parece que despunta la mañana–,
se dijo, al respirar el aire puro.
Dudó si eran normales esos ocios
a los que tomó gusto desde niño:
entonces caminaba alegremente
por entre matorrales, y los campos
se le antojaban un imperio enorme,
cercado por los bosques numerosos
de aquellas tierras llenas de humedades…
–Parece que despunta la mañana–,
pensó, mientras miraba lo lejano.
Llevaba la escopeta siempre al hombro,
cansado tras las horas de autopista.
Y se sentó, no lejos de los troncos
cortados por la sierra, no hace mucho,
sobre una piedra gris, que, silenciosa,
brotaba, aunque manchada por el musgo,
naciendo de entre el barro removido,
donde el lugar encuentran las lepiotas,
los níscalos, los blancos champiñones.
–Parece que despunta la mañana–,
creyó, al mirar, cansado, todo el valle.
Y dio un suspiro al aire, descansando
después de aquella larga caminata:
Llenando la mañana con sus luces,
manchando el firmamento con sus brillos,
fingiendo su bostezo perezoso,
el alba despertó sobre los bosques
manchados por el beso de la escarcha,
por las heladas blancas que la noche
dejó sobre las hierbas malheridas,
vencidas por el soplo de los aires
callados como el filo de un cuchillo.
–Parece que despunta la mañana–,
se convenció, mirando al sol lejano.
La luz del sol, corriendo las mansiones
del cielo y despojándolas de sombras,
llenándolas de tantas claridades,
acaso acariciaba, entre las ramas,
las hojas del robledo, las cortezas
de cada aliso amigo, cada encina,
tal vez de cada brizna, entre las hierbas
del prado siempre verde, si en las fuentes
brotaba el agua fresca en abundancia.
–Parece que despunta la mañana.
Miraban los arroyos peregrinos
el paso de labriegos, ganaderos,
de gentes que madrugan con el día,
sin prisa entre las densas arboledas,
sin gana por colinas y por prados,
por montes sin abrigo, por los cerros,
al tiempo que, quemando el oro viejo,
la llama del sol nuevo, abiertamente,
llamaba a cada anciano por su nombre.
–Parece que despunta la mañana–,
oyendo la llamada de las olas.
Y el alba despertó sobre los bosques,
sobre el arroyo dulce y peregrino,
sobre los prados verdes y colinas;
también sobre los mares, sobre puertos
heridos de pobrezas y de orgullos,
sobre las barcas de los pescadores.
Y vino la mañana con bostezos
a las ciudades, cuyo ritmo lento
volvió a ser repentino y apurado.
–Parece que despunta la mañana–,
se dijo, al asomarse a los cantiles:
Las lanchas, sobre el agua, descansaban
en la ensenada triste de los puertos,
hablando del pasado no lejano,
del hambre y la miseria pueblerinas
de un tiempo ya olvidado por los jóvenes,
y aquellas piedras viejas, de otros siglos,
alzaban su valor, su fiero orgullo,
jugando al desafío con las olas,
que suelen abrazarlas en sus golpes.

José Ramón Muñiz Álvarez

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