Tú, que me susurras dulcemente al oído
y me tienes atrapado por tus encantos,
no permites que te destierre al olvido
guareciéndote en las sales de mis llantos.
Fortaleza que te ha brindado el destino
sutileza fría con la que ocupas mi cuarto,
tristes huellas con las que marcas el camino
que recorro mudo, y me llevan al pasado.
Injustas vivencias, deshacer el laberinto
cautivo estoy, en los males del fracaso,
tiernos fueron los momentos libertinos
hirientes son, los adioses del ocaso.
Tú, sempiterna en mis noches de lamentos
abrazando las ausencias del amante.
Tú, soledad, eres fiel al juramento
de invadir mi alma, cuando muere la tarde.
Ramón Pablo Ayala (Argentina)
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