Paseaba por el parque
una mañana de enero
cuando sentada en un banco
vi a la chica del sombrero.
Estaba leyendo un libro
y no me sintió llegar
por eso se sorprendió
cuando me escuchó cantar.
Sus ojos eran azules,
de una belleza excitante.
Mirarlos me enamoró
en aquel preciso instante.
Sin embargo me ignoró
y siguió leyendo el libro.
Unos minutos después
se alejó por el camino.
Nunca volví a ver sus ojos
ni su celeste sombrero
pero su mirada sigue
fija en mi viejo cerebro.
JOSÉ LUIS RUBIO
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