martes, 5 de mayo de 2015

LA CAJA


Un corcel blanco,
uno negro,
girando
al compás de la melodía,
hechizaba
a todo aquel
que la abriera.

Siempre que la necesite
me brindo sus notas,
me acompaño
en mis cavilaciones
y tribulaciones.

Por un lado,
el cauto albino,
me susurró
pros y contras.

Por su parte,
el brioso azabache
me impulsó a anteponer
mis sentimientos.

Invariablemente,
cuando recurría a ella,
se desataba una batalla.

La danza
entre los potros,
me llevaba
de la luz a la oscuridad,
para finalmente
quedar en alguna
tonalidad grisácea.

Una madrugada,
la balanza
se inclinó hacia un lado,
me impulso
a quebrantar la dualidad.

-Deshazte del palomo-
oí en la penumbra,
sin dudarlo así lo hice
y al momento
la música
dejo de sonar.

ERIC URÍAS

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