Erguidos en la fuga,
nos alzamos —la silueta
del grupo se recortó un momento
sobre el perfil de la montaña,
en el fondo oscuro de la
noche— y, esgrimiendo
nuestros sueños,
apuntamos al vacío,
y los fantasmas, súbitamente
perfilados, se rendían
con los brazos en alto,
y una llave negra a la fuerza
abría la puerta transparente,
que daba al otro lado:
…la clara luz del día
se derramaba
en un torrente de aguas chispeante
donde —ahora sí— nadábamos,
libres, al fin. Oh jazz.
José Icaria -Barcelona-
Publicado en Suplemento de Realidades y Ficciones 64
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