lunes, 25 de mayo de 2015
EL PARTO
En los ojos de la noche reinaba una oscuridad infinita. Cada paso era un desafío y un peligro. Debía llegar a la ciudad, caminando sin luz ni guía, con prisas y preocupación. Atrás, en la pequeña cabaña del monte, quedaba su mujer con dolores de parto, acompañada por su hijo de apenas cinco años. Por delante, aún, diez kilómetros de recorrido hasta la casa del médico. Seguía avanzando torpe y con tropiezo. Como ascuas del infierno brillaban los ojos de los zorros tras las matas. Lo peor hubiera sido los lobos, pero no se habían escuchado. Se aventuró por el atajo, más oscuro y peligroso. Intentaba ganar tiempo. Fue un tropiezo y el infortunio. Se clavó el filo de una piedra en la garganta. Mortal la herida. Por un momento, el cielo se abrió y la luna hizo brillar un estrecho hilo de sangre. Mientras, atrás, en el eco del monte, se prolongaba el llanto incontenible de un recién nacido.
ISIDORO IRROCA
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