martes, 5 de mayo de 2015

CIUDAD ABIERTA


Nada se sabe
pero las palabras
se conjuran
hostiles
chillan y se acuchillan
saltan en el aire
Óscar Cerruto

qué decisión baldía
hacer que todo poema se levante del ruido
Francisco Matos Paoli

Tan altos son los edificios
que ya no se ve nada de mi infancia
Eugenio Montejo

hoy que la vida me ha puesto la pluma sobre el ojo
pienso y distingo
a los huracanes que surgen del Atlántico
a esas caracolas que forman las puntas del diamante
y van trepando tierra dentro
Voy con mis manos de relámpago
para nacer desde el oleaje como Venus
o quedar ciego en la corteza de los árboles
perdido en el laberinto de los versos
            (bajo subo precipito
            y sedimento en cada hoja)
                        como un presentimiento
Y esto lo pienso mientras mis manos aletean
con el nervio de una guerra que se inclina
sobre los hombros
Me sitúo en las aceras de Wall Street
y miro las pantallas
La caída de las bolsas de valores alrededor del planeta
nos reúne en este punto Ciegos por el humo del tabaco
a tientas por los callejones
Miro los relojes detenidos
en las alas abiertas de las aves que circulan cabizbajas
entre los tejados edificios chimeneas ventanas fuentes parques
blancas plumas y las nubes negras por el pensamiento
                        solo el huracán colmado de silencios
Tal vez fue la felicidad o la negritud del tiempo
o esta sobredosis de miedo que corre en los parajes
Acaso el aletazo que no quiere extinguirse
y silencioso
relampaguea al horizonte
El cielo de unicornios embravecidos
acercándose en las noches de tormenta
Tantas inundaciones y ni un solo transeúnte con la corbata adormecida
Ah mis manos de relámpago
mis manos que tiemblan
y me dictan cuando voy quedando ciego
Porque los mercados caen
los edificios desmoronan
y uno observa y mira y puede distinguir
que del grito último en que nos hemos anclado
somos la partícula suspendida en el aire
cayendo a través de las ventanas
flotando entre la lluvia
Pienso en los electrones
en el sabor de tu lengua
en la axila blanca blanquísima
de la niña que estuvo conmigo anoche
y al volver el rostro sobre las manecillas del reloj
toda ella y sus pedazos de blancura
cayeron con los edificios
Porque no estamos solos como cada noche
porque todo nos ha reunido en este punto
en la mirada del ojo que siempre precipita
Pienso en el brillo del silencio
que me remonta a la selva
en el brillo que surge cuando abres la boca
Pienso en el hueco del niño que no conoció a su padre
aquel brilloso padre tragado por la niebla
La misma niebla que nos va dejando ciegos
uno frente al otro sin poder pronunciar los apellidos

Del libro Alter ereré de Adán Echeverría -México-
Publicado en Suplemento de Realidades y Ficciones 64

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