jueves, 28 de mayo de 2015

BASTET


Soliloquio

Amneris, escritora de algunos treinta y ocho años, está sola en una habitación dormitorio vestida con una bata blanca y el cabello recogido en un moño, parada frente a la ventana desde donde se ve a lo lejos una luna llena. Comienza a recordar para entender el enigma que la amenaza. Se desplaza por la habitación, mira una foto de su mamá, abre gavetas, se sienta en el borde de una butaca y al final se suelta el cabello y luego de escudriñarse en un espejo se quita la bata y se acurruca boca abajo como un ovillo en medio de la cama.

AMNERIS:

Apenas he dormido pendiente de la luna... maldita luna. No veo nada más, sólo ese resplandor infernal. Brillaba igual cuando me paralicé ante aquella mirada, verde igual que la mía. ¿Por qué
me detuve si estaba retrasada para la presentación del libro? ¿El destino, el azar, alguna maldición? “Cómprame, me llamo Bastet”, leí en letras doradas. Su cara negra manchada de pelos blancos en forma de pentágono estrellado me sedujo. ¿Cómo no comprarla si me aseguraron que era descendiente del antiguo gato egipcio?
Durante el primer año mi vida a su lado transcurrió con normalidad, luego la gata se transformó. Pensé que estaba enferma o en celo: equivocación total. Los cambios me atemorizaron: despierta
y en acecho durante noches de luna, sin apetito... huraña. Ahora sólo le quedan pelos en una punta de la estrella.
Mamá, tan feliz que estaba en Navidad. Una mañana amaneció rígida sobre la cama; el pasillo frente a su habitación salpicado de pelos blancos. Desde entonces mis noches son vigilia, pesadillas.
Aún despierto al escucharla llamarme: “Amneris, Amneris.”
En enero mi vecino tropezó con la gata frente a la puerta de entrada.
Ya en la madrugada su padre no existía, víctima de un derrame cerebral. Ambos sucesos ocurrieron en plenilunio y no presté atención. Si seré obtusa. No fue hasta hace dos semanas, comienzos de primavera, que comencé a preocuparme.
Me invitaron para presentar mi libro de cuentos en Guadalajara.
No debí dejar la gata con mi tío. Pobrecito, insistió tanto. Cuando regresé, la misma noche del eclipse lunar, otra tragedia. Bastet amaneció acostada frente a la puerta del dormitorio rodeada de pelos blancos: el tío al cementerio y la mujer que lo cuidaba, desaparecida.
Para completar, regresé del viaje con fiebre, el cabello en la coronilla encanecido, vellos oscuros en los brazos y las pupilas alargadas. Ni siquiera me reconozco al verme en el espejo. Mi médico está tan confundido como yo. ¿Será hora de la medicina?
Tengo miedo. No me arriesgo a salir de la habitación. ¿Y si me encuentro a Bastet recostada de la puerta?

Margarita Iguina Bravo (Puerto Rico)
Publicado en 15 dramaturgas iberoamericanas

No hay comentarios:

Publicar un comentario