Un cura, con muy profunda sordera,
en la puerta de su templo ostentaba
cargada de brevas gordas una higuera,
que las mozas del pueblo, frecuentaba.
Para darle disimulo a su sordera...
Rumiaba, mientras se aproximaba,
en su adentro, pensó de esta manera:
Las niñas dirán: ¡ Padre muy buenas.!
Yo contestaré: Así las tengan ustedes.
Llegado, dicen: Brevas gordas y buenas.
Seguro dice él: ¡ Así las tengan ustedes.!
José Sala -Barcelona-
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