sábado, 8 de septiembre de 2018

EL ÁRBOL QUE FUE GRANDE


Hace unos días, estando de vacaciones, paseaba por el monte con un amigo, experto botánico, cuando llamó mi atención las flores de un pequeño arbusto. Tenían una forma que se asemejaba a una cruz con un centro rojo que parecía una gota de sangre.
-¿Té gusta? – preguntó mi amigo al darse cuenta de la atención con la que lo miraba.
-Es muy bonito y sus flores muy curiosas – contesté escuetamente.
-Es un cornus más – me dijo.
-¿Un qué?- el latín, hacía años que se me había olvidado.
-Un cornejo – dijo, muy extrañado de que no lo supiera.
-¿Dónde?– dije mirando extrañado a mí alrededor, pues había entendido conejo y pensaba que había visto uno de monte.
- He dicho cornejo, - contestó reteniendo la carcajada por mi confusión – Es el nombre de ese arbusto.
- Vaya, el árbol con el que hacían los licios sus armas, pero es muy pequeño para que pudieran hacer sus armas con él.
- Tú y tus conocimientos históricos. ¿Quién porras son los licios? No dijo porras precisamente pero vale.
-Los habitantes de Licia – contesté y me quedé tan pancho.
-Ya y los españoles son los habitantes de España. ¿Dónde demonios está Licia? Soy de ciencias.
- Tienes razón, perdona – y con un poquitín, solamente un poquitín, de ironía añadí - – no estudiaste historia – materia de la que yo sabía algo. Licia, es una antigua región de Asia Menor, hoy una provincia de Turquía, los licios hacían arcos con sus ramas, como verás son muy pequeñas, de ahí mi extrañeza.
¡Ah! - ¿Es por eso? Antes fue un árbol.
-Explica eso. – pedí.
- La leyenda popular nos dice que la madera del cornejo se utilizó para construir la cruz en la cual crucificaron a Cristo.
- ¿Qué tiene que ver con…?- no pude terminar la frase, pues sin dejarme hacerlo dijo.
- No seas impaciente y déjame terminar. El árbol quedó muy triste por el uso que habían dado a su madera. Ante ello Dios se apiadó de él, le dotó esas flores blancas similares a la cruz, con el centro rojizo que simboliza la sangre que su Hijo derramó sobre él y para que nadie pudiera construir una nueva cruz, transformó aquel árbol de gran porte, en uno que es pequeño con el tronco retorcido como ese.
Tras ello continuamos nuestra caminata.

Claudio Aldaz Riera

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