Enrique estaba comiendo el rico almuerzo que le dejó preparado su mujer, y saboreándolo tomó un
sorbo del Cabernet Sauvignon que tanto apetecía, del que se sirvió más de media copa, aprovechando
la ausencia de su esposa.
Ese tórrido día de verano comenzó muy temprano, pues tuvieron que madrugar, para alcanzar a
desayunar juntos, preparar el bolso con comestibles, golosinas, y juguetes para sus nietos, y llevar a su esposa a la estación de ferrocarril de Kfar Saba (ciudad del centro de Israel, donde vivían) para tomar el tren con destino a Beersheba (ciudad del sur de Israel), donde residía su hijo mayor y familia.
Concentrado en su postre preferido, el flan de huevo con dulce de leche, Enrique que lo comía con
fruición, no se dio cuenta al principio del vuelo de la mosca, que en forma insistente se cruzaba frente a sus ojos, una y otra vez, hasta posarse finalmente en el borde de la mesa.
Negra, peluda, con sus patas articuladas, parecía que lo miraba con sus ojos, frotándose la nariz.
Enrique la miró con asco, una furia súbita le invadió, e impulsivamente se levantó estirando el brazo,
intentando atraparla con la mano. Sin estar seguro, entreabriendo la mano, la mosca se escapó,
perdiéndola de vista. Exclamando un improperio, Enrique sintió turbada su tranquilidad por el
repugnante insecto.
Enrique contempló la cocina limpia e impecable, como su pulcra y hacendosa esposa la había dejado.
Todas las ventanas y puertas externas estaban protegidas por telas metálicas que impedían la entrada
de moscas y mosquitos. No podía entender como se introdujo en su casa el insidioso bicho.
Puso los platos y cubiertos en la pileta, y de pronto la vio sobre el mármol, al lado de la olla llena con
guiso de pollo.
Tomó el repasador y usándolo como látigo, le asestó un furioso golpe, que sin saberlo ciertamente si
por efecto del vino o de su presbicia (vista cansada), dio sobre la olla, haciendo volar la tapa, y
salpicando los muebles, el piso y la pared de azulejos claros de la cocina, dejando un reguero de salsa
de tomates por todos lados.
Enrique se quedó parado, quieto, hipnotizado por el cuadro surrealista del que era autor y actor, sin
desmerecer por ello el papel del "inofensivo" díptero. Faltaba que viniera la policía para acusarlo del
sangriento crimen del que daban fe las marcadas gotas de "sangre", buscando afanosamente la víctima
y el arma ausentes del escenario moteado de rojo.
Enrique se olvidó por completo de la mosca y del tiempo. El crepúsculo vespertino lo encontró
arrodillado en la cocina, limpiando y eliminando los últimos vestigios del bochornoso episodio del
mediodía.
Preocupado miró el reloj de la cocina que marcaba las 19 horas.
Todavía tenía que afeitarse, bañarse y vestirse antes de salir a esperar a su señora, que volvía en el
tren de las 21 horas.
Se desnudó, metiéndose en la bañera, y antes de abrir la ducha, estupefacto vio a la mosca sobre la
cortina de baño, frente a sus ojos. Sin pensar pegó vigorosamente con las palmas de las manos contra la cortina, con tanta fuerza que la desprendió de los colgantes, y con la inercia del impulso Enrique perdió el equilibrio, cayéndose y pegando su frente contra el borde de la bañera.
Injurias e improperios exclamó Enrique atontado por el golpe. Se palpó la frente, y un doloroso
chichón lo obligó a quejarse, y comenzó a llorar sintiéndose impotente por lo acontecido.
Rápidamente se levantó, colgó la cortina, abrió la ducha fría que lo espabiló y ayudó a recuperarse de sus frustraciones.
El tren llegó a las 21 horas en punto. Con un gorro de sol sobre su cabeza (para ocultar la hinchazón en la frente), Enrique recibió a su esposa con una sonrisa, intentando disimular su
desazón.
Cuando llegaron a la casa, Enrique encendió el aire acondicionado por el intenso calor reinante.
Sentado frente al televisor, Enrique avistó con horror a la mosca sobre el vidrio de la puerta
ventana de la terraza queriendo salir. Sin decir una palabra, Enrique la abrió unos centímetros, y la mosca salió. Suspirando la cerró de nuevo, tumbándose en el sillón. Su esposa lo sorprendió dormitando, dirigiéndole una benévola y amante sonrisa.
Boris Bilenca
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