Lo miró con unos ojos fríos e impasibles, sin que un atisbo de compasión humanizara su mecánica mirada, como si tuviese frente a él una estatua o un mueble viejo, y no a un congénere. El odio tiranizaba su voluntad. “Dispara”, le ordenó una voz, dentro de él. Y disparó. Nadie desobedece a un patrón tan implacable. La víctima, un anciano desarmado, murió en el acto.
Al día siguiente, mientras el cadáver del anciano era acompañado al cementerio por centenares de personas, el asesino, cuando se disponía a cumplir otra orden tajante de su tirano, murió al estallarle la bomba que manipulaba. Nadie reclamó los restos de su cuerpo. Desprendían demasiado odio.
Del libro El espectáculo más hermoso de
SALVADOR ROBLES MIRAS
Publicado en Los libros de las gaviotas.
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