Tú eras la invitada: tus ojos rociaban heliotropos,
las ágatas buscaban tus hombros y mudarse,
la greda a tu cintura se enredaba.
Yo sólo buscaba tu voz cristalizada, tu mirada persistente.
El sol de madreperlas a tu piel iba a besarle.
Luz que a mis ojos en fiebre convertiste.
Blanca hoja que al amor lo bautizaste.
Tú eras el corazón de la amapola
y el beso más dulce de la noche.
Y cada beso era un águila acallando mil suplicios.
¡Oh etérea!, bellamente oral y murmurada,
en el pozo de mis brazos te hundiste,
en el beso de agua juntos nos ahogamos.
Y tus ojos rociaban lo que mi alma al beso salpicaba.
¡Aún tus besos siembran amapolas!
Del libro Poemas íntimos de
SALVADOR PLIEGO
No hay comentarios:
Publicar un comentario