lunes, 10 de febrero de 2014

SOTO


En la ciudad Chiclayo del Perú, murió Carlos Ramírez Soto y se me cae impaciente otro mío latinoamericano que me llama a las sombras, aquellas ignotas donde podamos cantar mejor.

 Vivía Soto  en una ciudad mezquina con sus vates y cantores de un mundo mucho más mezquino e insignificante, este poeta parecía tener un alma de granito y papel, para poder aceptar con hidalguía la ingratitud de su amado Chiclayo, porque la chiclayanidad es algo que honró como un soldado a su estandarte.

Fue solitario, lo qué no tiene nada de raro si todo poeta lo es, no tuvo hijos, y tampoco tiene algo de raro si como lo dice José de Lezama Lima; “el poeta es como el mulo: estéril”. No sabía mentir, esa si era una dificultad en un mundo tan infestado de mentiras e injusticia, sin embargo, jamás se arrepintió de ser franco y loco.

Murió solo en su casa a horas de la mañana el pasado 3 de febrero y tal vez en pocos años ya nadie se acuerde de él, Chiclayo es amnésico con quienes intentaron la trascendencia de su vida urbana, su dignidad y honra tan vejadas por algunos migrantes astutos e hijos ingratos pero convenidos, la noticia me apena no sólo por el hecho de ser su amigo sino por el silencio que la indiferencia le ha conferido.

Decía; “de que me valen tanto diplomas, medallas y pergaminos, si juntando todos los que tengo ni siquiera me compraría una cerveza”.

Lo acompañaron al camposanto dos personas, el canillita que le llevaba el diario cada día y una amiga de la infancia. En todo el trayecto también lo acompañó cantando un “Huerequeque” que es un típico pájaro de la región que es llamado así, porque en su canto parece decir: huere-que-que-que.

En el bolsillo de mi amigo encontraron un lápiz desgastado, un pañuelo y un peine.

JUAN DISANTE

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