miércoles, 26 de febrero de 2014

ALGUNOS MALES Y SU REMEDIO


Recién aparcado, mi coche resalta por el deterioro de los años alrededor de chapas bruñidas e insultantes matriculas cuya primera letra es G o H. El rojo de mi carrocería tiene tumorosas manchas que escarban en el metalizado como una especie de tiña  que le mermara en color mate. Le doy una palmada en el techo mientras le escucho un resoplido de cansancio.

Ana y yo vamos a una fiesta en casa de unos amigos, bueno en realidad al domicilio de una amiga de ella porque mis amigos, ya sabéis, estimados lectores, son sólo espíritus ingrávidos que viven en Kavaranchel a los que ni decepciono ni me decepcionan, ni me fallan ni les fallo, ni me inculpan ni me exculpan y a los que yo no acostumbro a pedir ningún tipo de explicaciones; son existencias que pueden variar con sólo cerrar los ojos y perder la memoria. Ana sabe que a mí no me gustan estos saraos pero también comprendo que asistir siempre sola ("como una viuda", dice ella) a estos tinglados es demasiado pedirle.

Llegamos a la fachada sobria de un edificio similar a cualquier otro de esa zona de la gran ciudad y en pocos minutos estamos metidos de lleno entre un enjambre de personas en pie, diseminadas en varios lugares de la casa, que beben, comen o ríen vestidos impecablemente para la ocasión. Conozco, aparte de los anfitriones, a algunos rostros pero no les pongo nombre ni procedencia.
- Vaya sombrerito chulo que te calzas ahora.
Me dice uno, sosteniendo un vaso de tubo con cerveza.

No doy opción ninguna y me acerco al artefacto de puertas acristaladas que exhibe un batallón de botes de cerveza. "Mahou cinco estrellas, en fin....", me digo antes de dar el primer trago, y es que esta marca de cerveza perdió su esencia, para mi paladar, cuando la fábrica la trasladaron a Guadalajara. ¿Será cuestión del agua?

Han habilitado un cuarto de la casa como fumadero. Las ventanas están abiertas de par en par con lo que hace un frío de tres pares de narices, y hay un buen número de ceniceros distribuidos en mesas pequeñas cubiertas por manteles de papel.
- ¡Hombre, el consorte invisible! - se acerca, robusto cigarro puro en mano, el anfitrión del evento- Te haces caro de ver.
Trato de sonreír al estrechar su mano.
- Ya nos ha dicho Ana que sigues parado. Te has acostumbrado a la holgazanería y no te mueve ya ni Dios.

Y se ríe buscando mi complicidad hincándome su dedo índice en la barriga.
- El país está mal pero tampoco ayudan mucho los que piden más salario doblando cada vez menos el espinazo. Sin ir más lejos, mira nuestros negocios que con el esfuerzo de todos, y a pesar de crisis y más crisis, van para adelante. El quid está en el sacrificio.

Dice un tipo que ha venido con el pack-anfitrión que viste una camisa, remangada hasta mitad del antebrazo, con un enorme logotipo de un jugador de polo en acción al lado izquierdo de la pechera y luce un ostentoso reloj como contrapeso al vaso de bebida transparente que sostiene.

Lo mejor de estas fiestas es que sea multitudinaria: cambias de interlocutor sin excusa y con el mínimo rastro. Por eso ahora he pillado un plato de mejillones salteados con pimiento y estoy enfrente de dos mujeres que mueven sus cabezas como para dar relumbre a sus frases.

- ..... esa es total, la mejor, y además en la librería se vende estupendamente.
- Es lo que tenéis vosotros, el tirón, la popularidad de las ventas. Nosotros en las antigüedades nos movemos casi en un círculo íntimo.

No tengo ni idea de con quien anda Ana. Me acerco a una ventana y miro la Luna de invierno. Una rodaja muy afilada que se incrusta en un cielo que deslumbra el caparazón de la ciudad. Me imagino las estrellas sin esa palidez de la noche urbana y me cuesta enredarlas en mi pensamiento.
- Vaya, el poeta y su noche.

Conozco la cara de la mujer pero ni recuerdo su nombre ni con qué relacionarla.
- Me descargué uno de tus libros de poesía ¿sabes?- me dice, mirándome los labios. Creo que está un poco borracha- Me lo comentó Ana un día en clase y me pareció interesante leerte después de tantos años sin vernos. Sinceramente no me gustaron tus poemas -se ríe nerviosamente y se apoya en mi brazo- Te parecerá excesiva mi sinceridad pero, chico, es que a mí la poesía no me pone. Me parece una jerga de chalados y para chalados. Un galimatías que no lleva a ningún lado. Pero aprecio, aprecio mucho tu decisión de publicar los.........

Ya en nuestra casa, espero que se deshaga en el agua la aspirina efervescente.
- ¿Vienes a la cama?
Me dice Ana desde la habitación.
- Voy enseguida que me estoy curando.

MANUEL JESÚS GONZÁLEZ CARRASCO -Madrid-
Publicado en el periódico Pontevedra Viva

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