sábado, 8 de febrero de 2014

EL TIEMPO VIVIDO


El tiempo pasado no mueve montañas, cierto, pero sirve para que la memoria tenga cosas para recrearse en los momentos de ocio. La memoria, también es verdad, tiene esas cosas que la hacen querida y odiada al mismo tiempo: nos trae buenos recuerdos e instantes que siempre queremos olvidar. Nuestra condena -y nuestra bendición- es que no podemos hacerlo voluntariamente.

¿Cuál fue nuestro mejor momento? ¿En qué época de nuestra vida nos sentimos mejor? Nunca lo sabremos, porque somos una subjetividad hecha carne y sangre. Somos lo que somos, como ya se ha dicho más de una vez. Somos un concepto que se recrea constante e infinitamente (porque somos infinitos y eternos, ya que la muerte, la gran desconocida, está cuando nosotros ya nos hemos ido).

Memoria. En ella, como en un cajón de sastre, de todo podemos encontrar; aquella infancia repleta de recodos misteriosos y descubrimientos fantásticos, adolescencia de inquietudes, amores inocentes y pecados veniales, madurez creativa y sensaciones nuevas, y sueños, sueños, sueños.

La vida es sueño. Realmente es así, querido Calderón, pero los sueños no tienen por qué mantenerse en sueños y la vida, esa eterna conocida, es tan real, humana, con sus premios y sus castigos, que merece la pena vivirla.

Francisco J. Segovia -Granada-

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