Llueven duendes esta noche de repente se ha vuelto oscura.
Y en mi vientre crece el dolor ajeno... y mío.
Intoxicado de transgresiones a la ingenuidad de un niño.
Con algodones o marshmallow, trampa histórica en claustros
una ingenuidad es violada en la iglesia o en el campo.
Afuera cunde el frío
cortante como vidrio
que traspasa la piel
hasta violarla
cual engendro maldito...
tío,
amigo,
cura,
disfrazado de oveja
el lobo vuelve donde la abuelita
a comerse a caperucita.
La niebla espesa recoge sus telares grises
en un intermezzo -¿dónde están sus hijos?-
el fantasma de la ópera aparece...a por ellos,
Se los traga y, como si nada.
Se va con su música a otra parte.
Llueve en mí... y dormida
a ritmo de tambores y atabales
sucumbo a las divinidades africanas
y el secreto se queda entre dos, tres...
o las veintiuna potencias. ¡Yo que sé!
Aquelarres de cuerpos sedientos (de comprensión). Muertos en vida.
Sexo desbordado en sus pieles transparentes
sábanas teñidas de sangre
mancha que no se quita... ni se olvida.
Luto vestido de rojo en la habitación
vacía de caricias. Se entrega a la fascinación
del holograma que lo enviste
una y otra vez y lo vuelve etéreo
ser alado... de otro mundo.
Gritos mudos
recorren la soledad de su piel
en los balcones de su irrealidad
el éxtasis le sube a la cabeza
como una cerveza del Caribe.
Témpanos de hielo se derriten
al fuego de sus sueños
de malvaviscos al carbón.
Elizabeth Quezada
Publicado en el blog lunadesalymiel
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