Los azules como infantes se adormecen,
el verde perece,
la tierra es una sombra que la luna mece,
de la paleta taciturna asciende hiriente y triste,
el negro tiznado que a su paso envuelve
todo aquello, lo que el día viste.
El telón de los eternos se levanta,
la lechuza canta,
y en sus trincheras la luna amamanta
las guerreras criaturas que dominan mis dominios,
que se vuelven más yo mismo que mi propia garganta,
los versos, mi nocturno martirio.
Como ejército dispuesto y presuroso en avanzada,
se disponen las palabras,
inconfesas, receladas, turbulentas, delicadas,
palabras, soldados agazapados en las estrellas
aguardando la orden que comience la batalla
y disparen a mi pecho que allí se encuentra ella.
Que disparen un te quiero,
que disparen que no quiero,
que no quiero que amanezca,
que no quiero que amanezca.
GUSTAVO GONZÁLEZ -Valladolid-
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