Dicen que la inteligencia tiende a lo justo, que es lo mínimo exigible. Que la afectividad busca lo bello, despertando del letargo a los sentidos. Que la voluntad pretende lo bueno por ser lo máximo a lo que podemos aspirar. Desde su teoría, Irene considera que no hay personas buenas, bellas o justas. Si acaso lo son sus actos; a ellas les basta con ser personas. No obstante, desde su práctica ha constatado que el azar gusta de ayudar a los sencillos. Y que lo justo, lo bello y lo bueno se les otorga por añadidura... Por eso, los mejores suelen ser los más humildes.
Párrafo perteneciente al capítulo Goles de paz, incluido en el libro Siete paraguas al sol de
MANUEL CORTÉS BLANCO
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