No debería ser yo quien desvelara las atrocidades que se cometen a diario entre los hombres, y destapar sus más recónditos secretos ocultos bajo miradas inocentes, de buen hacer, aparentando ser verdades absolutas, bajo palabras adornadas y mentiras a flor de piel. No debería ni siquiera menospreciar a quien dice no haber intentado camuflarse bajo la expectativa señalada ahuecando el ala.
Yo soy el mandatario de esas verdades nacidas en los más profundo de sus mentes, no hay nadie más que someta al hombre a llevar una vida de poder, a saberse único, relevante, magnífico, único. Me satisface pensar que los humanos no son inútiles, rastreros a merced de buenas acciones. Que tienen
alas para volar alto, que saben seducir, mimar, engañar, adular, saciar esa ansia innata sosteniéndoles en la cumbre. Me satisface angelicalmente, bajo las alas que me cubren el cuerpo ensangrentado, rojizo, con ojos encendidos. Soplidos de un mundo carnal, vivaz, chispeante, ahumado, cubierto de pólvora a punto de explotar.
Soy yo el causante de los caminos divergentes, de las dudas, de las ruedas tentativas, de transformar la vida en algo bello, digno de ser palpado, absorbido, mimetizado en gestos de cordialidad. Son esas ofrendas las que expongo, otorgo y doy sin remisión, no debería hacerlo, pero la tentación me puede, me llena, hacía un estado sublime, arriesgado, porque el riesgo me gusta. No me tientes, porque serás
el próximo en caer, y quizás cuando lo pruebes decidas nunca más dejarme. Tu voz persuasiva te llama. Siempre estoy dispuesta para postrarme a tus pies. Y los hombres me llaman el mal, ¡Inocentes!
Francisco Manuel Marcos Roldán (España)
Publicado en la revista digital Minatura 124
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