Ante el papel en blanco
no somos más que carroñeros
de recuerdos que ya hieden.
Sufrimos de estreñimiento emocional
hasta que la tinta nos corta
la digestión de algunas vivencias
vividas o no
y pretendemos limpiarnos
la mierda y la morralla que atesoramos
simplemente dejando por escrito
confesiones, no siempre confesables,
que buscan su absolución
en la penitencia de unas palabras
manoseadas por otros que supieron
sacarle mejor provecho.
Y aunque nuestro arrepentimiento
ya lleva consigo el castigo
y no quede paraíso
que no hayamos profanado,
no dejamos de ser simples alimañas ateas
convictas, confesas y con el signo de Caín
tatuado en la(s) parte(s) (in)noble(s)U
de nuestros espíritus
que van sobreviviendo
DE MILAGRO EN MILAGRO.
FRANCISCO TOMÁS BARRIENTO EUSEBIO
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