(Soliloquio brevísimo dicho a cámara de adulto, hombre o mujer con vestuario obrero, y en espacio abierto y despojado. Intenciones, recursos de la voz, mímicas y corporalidades en general dependerán de lo que se dice, de lo que expresa la verbalidad.)
¡Caray, caray, caray! ¿Dónde está la entrada al laberinto? Peor es la tierra de nadie. Y mejor el riesgoso desfiladero de la sonrisa, con el que me atrevo. (Pausa.) Yo tantas veces poso reposadamente mi mano sobre la cabeza cercana: Y le duermo lejos de su insomnio perenne. Puedo. Es mi responsabilidad y la cumplo cada día durante horas. Percibo la fuerza de la mano y me las arreglo con una, la otra, sola mano en el ordenador para no quedarme estéril. Otra mano.
Libres las dos, las cuatro. (Pausa.) De pronto me veo en un pasado lejano con mis azules o grises ropas utilizadas por obreras y obreros. Entro, en plenitud, a escuchar un Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional en el teatro más esplendoroso del país. Percibo lo que sé: que siempre he permanecido. ¿Qué no puede la pertenencia? (Pausa.) El helado a los tres chocolates es una suerte de otro pasaporte y lo atesoro. ¡Bravo por el cacao y sus orígenes! (Pausa.) Yo me llevo la mano abierta al pecho. Me siento. La voy cerrando encima de mi piel y sus latidos. Aferrándome, al cerrar, desde adentro. Soy quien soy. No habrá más. Ni mejor. Soy y estoy. Separo la mano, abro el puño y echo a volar mi latir. Por fortuna regresa como un bumerán, y palpito. (Pausa.) A ratos y hondo: yo me siento como tigre que se auto devora para hacer camino babeando. (Pausa.) Uno se habla a sí en silencios: en primera persona verbal y en voz alta o en segunda persona verbal adentro. Ante adversidades yo me digo: Tú no magnifiques. ¡No magnifiques!
Del libro Espumas de luces de FRANCISCO GARZÓN CÉSPEDES
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