Aunque ya las flores
marchitas se caigan
y siembren en mi alma
desdicha sin fin;
cerraré los ojos, pensaré en ti;
y, junto a algún retoño,
volveré a vivir.
Aunque ya mis manos
tiemblen de ansiedad
y no puedan nunca
tu rostro acariciar,
las apretaré muy fuerte,
hasta que el dolor
me haga gritar.
Aunque ya mis ojos
nada puedan ver,
y oigan mis mejillas
lágrimas correr,
sentiré la lluvia
y no ha de doler.
Aunque las palabras
me hagan sufrir,
escribiré poemas
que puedan decir,
cuánto yo te amo.
Sin volver a escribir.
Aunque, tú, mujer,
nunca seas mía.
Aunque no me mires,
me odies y deprimas.
O aún me ames si deliras; y,
mientras, aún mis fuerzas estén vivas.
Siempre serás el amor de mi vida.
Eduardo N. Romero -Argentina-
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