Precisas además, de reguladas porciones de calistenia espiritual para expulsar a tus demonios. Buenos deseos hacia todo lo vibrante, hasta para el perro del vecino que no te deja dormir con sus ladridos. Y si no queda de otra que destilar veneno, que sea en las mínimas dosis requeridas, sólo para guardar el equilibrio: que además de tu corazón acrisolado en la plegaria bienhechora sepa también el mundo de las uñas y dientes de tu más fiero instinto. Pero eso sí, que la ira te asalte con la risa en los labios y el semblante amable, por si no logras matar con tu veneno.
Desde el portal de tu sonrisa siempre podrás decir: era broma, señores, era broma.
De Postales sin Envío de
Edgard Cardoza
Publicado en Agitadoras revista cultural
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