martes, 7 de marzo de 2017

LOS AMIGOS


Lo primero será pedir perdón a los amigos por los gestos de omisión, por el abrazo en permanente búsqueda replegado de último momento. Éste cruel despertar en soledad es un año obcecado y rencoroso que desde la entraña misma te acorrala, el tiempo pantanoso que no te deja cambiar de calendario. La soledad –igual que la poesía–, dice Juan Manuel, ‘es una enfermedad, benigna o maligna, pero en cualquier caso, mortal’. Es ‘la pared tan alta, de la vida de los otros, que no logramos alcanzar (sin puertas ni caminos ni luces bajo esa pegajosa certidumbre)’, corrige Benjamín. ‘No. Es una muñeca de trapo y miembros al revés, que de sólo nombrarla te espeluzna’, en la voz de Alejandro. ¿No les parece que es más bien –inquiere Demetrio– ‘el canto de los minutos en el aliento de una hembra que duerme: ofrenda y humo?’ Señores, la soledad no es más que ‘el sí y el no acechantes, destruyéndose en su propio ímpetu’, asegura Fernando. Más que todo eso, acota Jorge, es ‘tierra del corazón echada a andar cual luz a paso lento a través de las cosas, los hechos, la memoria, hasta que finalmente se despeña en arterias de abismo y de cenizas’.
    Tanta definición, amigos míos, y es el mismo dolor el que nos ata, el mismo nudo en su crujir de afecto contenido: a secas, soledad. ¿Acaso será cierto aquello de que la mejor postal, la más sentida, nunca se envía?

De Postales sin envío de Edgard Cardoza
Publicado en Agiotadoras revista cultural 81

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