Mientras escribía en un trozo de papel que hay que insistir en que la vida es maravillosa siempre,
el sonido incordio y triste de una ambulancia esperaba a que bajaran en una camilla
al vecino anciano de mirada asonada
de maravillosa vida
desde que
un entendido especialista en la materia dijera que su cerebro era un inmenso campo de agujeros negros.
Cuando el sonido de la sirena de la ambulancia desapareció tras los ladrillos
baldosas
y socavones de la calle
la frase del trozo de papel que decía que hay que decir que la vida es maravillosa siempre,
se me desparramó
rota
entre lágrimas negras
al suelo.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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